FINAL DE JUEGO

FINAL DE JUEGO
 
Seguidor fiel del pensamiento de Graciela Scheines, creo que la cultura, porque no la vida, es un gran juego. Y también que los tiempos actuales nos desafían a ser jugadores para seguir evolucionando y no zozobrar en la gran incertidumbre en que se ha convertido el cotidiano vivir. Algo de arrojo y magia del jugador es lo que nos puede permitir no sentir la falta de control, el vacío y el cambio inusitado como pura agresión personal y morir en la ilusoria pretensión de aferrarnos a las distintas opciones de seguridad. Entre ellas, ésta maestra menciona, diversas formas de terrorismo (ésto lo agrego yo) como pueden ser las formas violentas de destrucción, el fanatismo y la persecución de la realidad por su información.
No es nada nueva esta bendita grieta ya instalada, polarización para otros. Nuestra historia ha sido fiel a la construcción de la identidad desde la percepción del enemigo. Colonizadores y salvajes, civilización y barbarie, unitarios y federales, peronistas y antiperonistas, etc., etc., etc. Y muchas veces de la forma más cruel, exterminio, dictaduras. Esta construcción se ha cimentado siempre en esa identificación y la eliminación de la diferencia por distintos métodos. Pero ojo, no planteo líderes a la carga y público espectador comiendo palomitas. Siempre captó consensos, aprobaciones o en el mejor o peor de los casos indiferencias aportantes de uno u otro modo. Porque estos políticos, líderes y escaladores del poder son mucho nuestros espejos. Espejos crueles en los que nos disgusta vernos y culpamos de nuestras desgracias, sin comprender que hay detrás de nuestra historia común ambiciones, codicias, en definitiva miserias compartidas. Y que cada crítico fácil, con migajas de poder, puede ser un improvisado pero eficaz tirano.
Y en nuestra actualidad más actual hay algo que se podría nombrar como final de juego, emulando a nuestro lúcido Cortázar, y jugando con la invitación a jugar de Scheines. Vergonzosas y miserables guerras cotidianas, donde lo que gana es el fanatismo, y perdemos todos. Donde no hay argumentos, solo denostar a ese próximo enemigo. El negocio de formas políticas cada vez más parecidas que quieren erigirse en buenas, frente a la maldad siempre del otro. Dobleces miserables que solo leen que es negocio. Y así, todo es negociable. No hemos podido construir otro camino superador, no podemos en estos tiempos trazar una raya en nuestra historia, que parece condenarnos a más de lo mismo, a una manipulación de las dos emociones más manipulables, el miedo y la esperanza.
No hemos podido. Pero podemos empezar a ver que ese campo de guerra en que se ha convertido nuestra vida cotidiana, ese ring que nos llama a dejar a ese otro en el piso y sentirnos ganadores, puede ser una buena posibilidad de empezar a modificar actitudes, sin banderitas fáciles, sin consignismo, sin nada de escucha, sin convertirnos en débiles adeptos de nuevas religiones. Es imposible vivir, convivir, gobernar, en este país,  si no hay un aprendizaje de las diferencias, de su aceptación. O es que alguien cree que con un 30 % más o menos fanático de adhesión voy a convencer o vencer, o borrar a los otros. Qué cosa que un país construido con tantas diferencias tenga tanto problema con ellas. Nunca las leímos como riqueza, siempre como amenaza. No soy iluso, hay un porcentaje, no tan grande de gente que busca solo su riqueza y salvación personal, y le importa poco que sea mucha la gente que sufre el desequilibrio de este mundo, pero no es un gran porcentaje. Y las cosas no cambian, porque ese otro gran porcentaje sufre mucho de aversión a las diferencias, sin ver que son muchos los consensos posibles. En lo cotidiano, mientras no dejemos las armas del fanatismo, sea cual fuere, no hay diálogo posible, solo hay lucha de dominación, solo se busca vencer y poco convencer. Y más pobre es nuestra posibilidad de evolución, porque ésta siempre incluye al otro. Sino, solo es esperable, un final de juego.
 

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