EL DERECHO AL ODIO

Cuando daba clases en distintos lugares, a veces salía el tema y le decía a mis alumnos: «Cuando escucho amor y paz…salgo corriendo» Vivimos recubiertos de tantos mandatos y reacciones, que a veces las sentencias que sostienen algún aspecto de la vida como si lo fuera todo…se vuelven, más allá del maquillaje…engañosas.

Vivimos hoy una espiritualidad que retoma profundas creencias religiosas y nos envía a ser buenitos o buenitas, a predicar el amor sobre todas las cosas, como viejos y nuevos preceptos, que con solo publicarlos en la red nos salvaran de otros aspectos feos y odiosos de la vida. Queremos la felicidad a costa de lo que sea, defendemos el amor por sobre cualquier otra experiencia, entendemos el perdón como el fin de todo conflicto…en maniobra exprés cerramos, definimos, enterramos, alejamos, liberamos…y también negamos. Negamos que el dolor es parte de la vida, que la tristeza asoma más de una vez para decirnos algo, que el odio es un sentimiento que nos pide se expresado…que muchísimas veces no alcanza con perdonar. Y que muchas veces, desde distintas formas religiosas…perdonamos antes de tiempo…cuando aún no dialogamos con el odio que nos produjo una herida, nos decimos mentores de la alegría…cuando aún hablamos con la hermana tristeza. La vida es paridad, paridad que nos llama a vivir sin polarizar, sin segmentar, sin ocultamientos. Recuerdo en que terminaba muchas de las comunidades de amor y paz, en luchas por el poder disgregantes…y el amor y paz no alcanzaban. » Una película que refiere a ésto es «La Costa Mosquito», dirigida por Peter Weir, sobre libro de Paul Theroux.

«Somos una pareja muy feliz, solo tocados por la luz». Bien, ¿Y las sombras? Aunque hoy en diversas góndolas espirituales se dice otra cosa…las sombras no son reductibles a la luz. En el contrato tendría que entrar todo…

«La familia es lo primero» , aunque se trate de familias que piden a costa de la lealtad…el alma…y se termine diciendo: «Y bueno es mi madre…o… es mi padre»…o «Son mis hijos». Y tengo que ser buen hijo, buen padre…

Y es cierto, repetimos consignas que parecen inapelables, en tiempos de tambaleo, donde podemos creer que la tenemos clara…hay que ser puro amor, hay que perdonar por sobre todas las cosas, hay que estar alegre, hay que ser feliz…hay que alejar todo lo oscuro. La vida así se ha convertido en un festival de la negación…y el único que muchas veces grita otra cosa es el cuerpo…

Sumo acá un maravilloso texto de la psicóloga Alice Miller, del libro «El cuerpo nunca miente»:

«…He intentado demostrar aquí que la ciencia lleva mucho tiempo calificando de trasnochadas algunas
opiniones supuestamente correctas. Entre estas últimas figura, por ejemplo, la convicción de que el perdón cura, que un mandamiento puede generar un amor verdadero o que el fingimiento de sentimientos es compatible con la aspiración a la sinceridad…La huída del sufrimiento experimentado en la infancia puede observarse tanto en la obediencia religiosa como en el cinismo, en la ironía y demás formas de autoextrañamiento, que se ocultan, p o r ejemplo, detrás de la filosofía o de la literatura. Pero el cuerpo acaba rebelándose. Aun cuando se lo tranquilice provisionalmente con ayuda de drogas, tabaco y
m edicamentos, acostumbra a tener la última palabra, porque descubre el autoengaño con mayor rapidez que nuestra razón, sobre todo cuando ésta ha sido en trenada para funcionar con un yo falso. Es posible que uno ignore los mensajes del cuerpo, o incluso que se ría de ellos, pero, en cualquier caso, merece la pena prestar atención a su rebelión; porque su lenguaje es
la expresión auténtica de nuestro verdadero yo y la fuerza de nuestra vitalidad…»

No es que haya que instalarse en el odio, la tristeza, el dolor, regodearse en las sombras…pero es inevitable por lo menos no negar estas emociones. Siempre tienen algo para decirnos, como una parte de la vida, siempre tienen algo para liberar. Seguramente el perdón deba ser tenido en cuenta (aunque duda si puede ir más allá de uno mismo), la alegría, el amor…pero no como rápidas anticipaciones de negación y ocultamiento. Muchas veces el reconocimiento del odio, es un buen inicio para construir otra posibilidad de amar…paradoja al fin…casi como la vida…

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